El hombre vacío de esperar.
Simplemente se trata de un ensayo-relato, algo novelado, en el que cualquier parecido con la situación del personaje, podría coincidir con la realidad de mi sentir vital. Es más revelador leerlo completo, aunque, la segunda parte aún no está escriViVida.
Nota del
autor
He conocido
a muchos hombres y mujeres que viven al límite del cansancio, con la sonrisa
puesta y el alma exhausta; personas buenas, capaces, entregadas, que han dado
todo de sí sin recibir lo que esperaban de la vida.
Este relato
nace de ellos, y de la necesidad de darles voz.
Es la
historia de cualquiera que alguna vez haya sentido que ya no puede más, de
quienes han llevado su fe hasta el borde de la rendición, y aun así, se han
levantado un día más para seguir dando.
No es un
ensayo sobre la desesperanza, sino sobre la lucidez, porque llega un momento en
que el dolor no destruye, sino que limpia; un momento en que uno deja de buscar
fuera lo que solo puede encontrarse dentro.
Y entonces
ocurre algo: el alma descansa, la mirada se ablanda y la vida, sin prometer
nada, se vuelve suficiente.
De eso trata
este libro.
De aprender a vivir cuando ya no queda fuerza para seguir fingiendo; de
aprender a quedarse… o no.
PERI - Javier
Periáñez Vega.
.....
Prólogo.
La
sonrisa del hombre cansado.
A primera
vista, nadie lo diría; su sonrisa sigue siendo amplia, sincera, casi luminosa.
Habla con calma, escucha con atención, bromea con ese humor sereno que solo
tienen quienes han vivido mucho y aprendido a relativizarlo todo. Cuando entra
en una sala la gente lo saluda con afecto y se alegran de verlo. “Qué suerte
tienes”, suelen decirle. “Siempre te va bien, siempre estás haciendo cosas
grandes.” Y él, como cada vez, responde con una sonrisa.
Esa sonrisa
que, sin que lo sepan, pesa más que cualquier derrota.
Porque
detrás de esa expresión amable hay un hombre cansado, aún no derrotado, pero sí
agotado de tanto remar contra una corriente que nunca cambia de dirección. Ha
vivido con la fe del que cree que la vida, al final, premia a los que dan, a
los que se esfuerzan, a los que siembran... sin embargo, sus frutos, cuando
llegan, siempre se marchitan antes de madurar.
Ha creado
empresas, proyectos, ilusiones, y levantado sueños de la nada que ha visto
derrumbarse con la misma facilidad con la que un niño destroza una torre de
arena, pero él sigue; por hábito, por dignidad, o quizás por amor a la vida
misma, aunque la vida parezca no corresponderle.
PARTE I –
La vida en escena.
Capítulo
1: El personaje.
Esta es la
historia de un "hombre brillante", de esos que parecen tener un pacto
con la vida: inteligente, sensible, generoso, con una intuición que roza lo
místico y una capacidad casi infinita para crear, inspirar y conectar con los
demás.
A lo largo
de su vida ha desarrollado múltiples facetas profesionales y empresariales; se
formó en diversas áreas de la psicología social y humanista, adquiriendo
conocimientos de experto en varias disciplinas muy especializadas, y en
contenidos no tan habituales para la mayoría de las personas, sumando con ese
bagaje, experiencia y perspectiva a su forma de estar en el mundo y de
interpretar la vida.
En su voz
muchos encontraron consuelo; en su ejemplo, inspiración; en sus ojos, la
ilusión de que siempre hay salida; pero nadie se da cuenta de que detrás de esa
imagen sólida hay un alma cansada.
Él ha emprendido una y otra vez, reinventándose en cada caída, levantándose de los escombros con una fe que parecía inagotable; ha dado, enseñado y acompañado a cientos de personas a creer en sí mismas, pero la vida, en su ironía más cruel, parece haberle negado justo lo que nunca pidió en exceso: estabilidad. No pide lujos, solo poder respirar sin la carga constante de las cuentas, los plazos y las promesas que no se cumplen.
Desde fuera
su vida parece un éxito; desde dentro, es una contradicción que lo desangra;
todos lo creen feliz, y él lo interpreta cada día con la maestría de quien ha
aprendido a ocultar su naufragio; no sospechan que cada mañana le cuesta un
poco más levantarse, que su esperanza está agotada, que su mente brillante se
debate entre la fe y la rendición.
Ahora, a las
puertas de la jubilación, sin bienes ni ahorros, sin apenas ingresos y, aunque
se siente agradecido de corazón por el amor y apoyo incondicional de su esposa,
de sus hijos, de una de sus hermanas, de sus cuñados... del cariño de
familiares y amigos, ha tomado una decisión tan lúcida como liberadora.
Los próximos
días ha determinado vivirlos con la serenidad del que ya no espera milagros,
pero sí anhela paz, y, si el destino continúa proyectando la misma película que
ha visto tantas veces, ha decidido salir de ese cine…
El hombre
vacío de esperar no
es una historia de derrota, sino de agotamiento; es la historia de alguien que
lo dio todo y que, aun así, siente que la vida le negó el abrazo que tantas
veces ofreció.
Un retrato
descarnado de la contradicción humana: la de un individuo admirado que no puede
sostenerse, la del optimista que ya no encuentra motivos, la del hombre bueno
que, aun entendiendo la vida, ya no quiere seguir viviéndola de esa
manera.
Es un relato
sobre el límite imperceptible entre la esperanza y la aceptación; sobre la
lucidez de quien decide abandonar, no por falta de amor, sino por
exceso de desgana existencial; sobre un alma noble que, después de
esforzarse tanto se pregunta si la vida también debería, alguna vez, haberlo
intentado por él.
Tiene la voz
del comunicador, el porte del líder, la mirada de la experiencia. Nadie imagina
que por las noches se acuesta repasando cuentas imposibles, haciendo cálculos
que no cierran, y preguntándose en qué punto del camino se torció el destino;
no saben que a veces mira el techo en la oscuridad y siente que ya no puede
más, que ya no quiere seguir fingiendo que todo está bien cuando dentro, poco a
poco, se va apagando.
A su lado,
su mujer -su compañera de siempre- lo observa con la ternura de quien conoce
todos sus silencios; ella no necesita palabras para saber que algo se está
rompiendo dentro de él, y lo acompaña sin preguntas, con el amor sereno de
quien solo desea que descanse.
Durante años
ha sido un hombre querido y respetado. Dondequiera que va deja una huella
amable, una conversación que inspira, una palabra que alienta; tiene la
facilidad de conectar con la gente, de mirar a los ojos sin prisa, de hacer
sentir a los demás importantes. No necesita aparentar sabiduría: la suya se
respira en gestos sencillos, en la forma de escuchar, en la pasión con la que
pronuncia ciertas palabras como si pesaran menos cuando salen de su boca.
Es, en
apariencia, uno de esos hombres afortunados que viven varias vidas a la vez: la
del empresario inquieto que nunca se rinde, la del comunicador que da voz a
otros, la del formador que enseña a creer, la del escritor que transforma
experiencias en letras... A su alrededor, la gente lo considera un ejemplo de
entusiasmo, constancia y espíritu positivo.
Muchos lo
llaman maestro, otros lo definen como un soñador incansable, pero él, en la
intimidad de sus silencios sabe que no es ni una cosa ni la otra; no se siente
maestro, sino aprendiz de una vida que parece burlarse de su empeño; no se
siente soñador, sino náufrago de sus propios intentos... Ha construido tanto
para tantos que, a veces, piensa que se olvidó de construirse para sí
mismo.
Su vida
profesional es una sucesión de comienzos; cada nuevo proyecto lo llena de
ilusión, de energía, de ese fuego que lo hace sentirse útil y vivo, pero con el
tiempo siempre ocurre lo mismo: las puertas se cierran, las promesas se
evaporan, los pagos siguen llegando, y él, una vez más, reanuda el camino con
fe, con esa obstinación que solo tienen los que todavía creen que rendirse no
es una opción.
Con el paso
de los años aprendió a disimular la decepción; a mostrar entereza incluso
cuando se desmoronaba por dentro; a tararear una melodía cuando el estómago se
le contraía de angustia. Aprendió a quejarse poco, a callar mucho y a
reforzarse a sí mismo en nombre de los demás, porque los demás -esa legión de
amigos, alumnos, oyentes, lectores, seguidores y admiradores- necesitaban creer
que él era fuerte, que lo tenía todo claro, que sabía hacia dónde iba,
y quizás, por eso siguió interpretando el papel: el del hombre de
"las reflexiones", ecuánime y generoso, que nunca pierde la
confianza.
Confianza…
esa palabra que durante tanto tiempo fue su escudo y ahora, sin darse cuenta,
empezaba a ser su lastre.
En el fondo
sigue siendo el mismo muchacho que, muchos años atrás, soñaba con cambiar el
mundo, con dejar huella y hacer algo que valiese la pena: crear, inspirar,
acompañar, servir... pero a la vida parece no importarle su lenguaje; lo
aplaude, sí, lo admira, también… aunque no lo sustenta.
A veces
piensa que ha nacido en el tiempo equivocado, o tal vez no es el tiempo, sino
el lugar, o la forma. O quizás -y esa idea le duele más que ninguna otra- es él
mismo quien no ha sabido encontrar el punto de equilibrio entre lo que da y lo
que necesita recibir.
Y así, con
el paso de los años, este hombre de mirada serena se fue convirtiendo en un
actor experimentado en su propio teatro, y aprendió a fingir entusiasmo cuando
lo invadía la tristeza, a hablar de esperanza cuando él mismo no la sentía, a
inspirar a otros mientras se vaciaba por dentro.
El personaje
se había comido al hombre... Y él lo sabía.
…..
Capítulo
2: El espejo de los otros.
Vive rodeado
de afecto, de esa afabilidad social que halaga, pero que también impone una
presión escondida.
La gente lo
busca; lo llaman para pedirle consejos, para invitarlo a eventos, para que dé
su opinión o simplemente para escucharlo hablar. Con su voz profunda, parece
tener la capacidad de ordenar los pensamientos ajenos, y en las reuniones, en
los momentos de duda, en los días oscuros, siempre acompaña para
encontrar las palabras justas que iluminan decisiones.
Es el amigo
ideal, el mentor, el guía, el hombre que siempre tiene una respuesta amable y
una mirada comprensiva, como si la vida no le pesara nunca.
Pero sí le
pesa... y cada vez más.
Porque
mientras todos lo ven como un referente, él se ve a sí mismo como un hombre al
borde del abatimiento, y ese contraste lo hiere más que cualquier derrota; no
está seguro de si le duele más que su vida no es como soñaba, o tener que
fingir que sí lo es.
En muchas
ocasiones, en medio de una charla motivacional se descubre diciendo frases que
ya no siente; palabras que han nacido del alma en otros tiempos, pero que ahora
repite como un eco de lo que fue, y al escucharse, una tristeza sutil le
recorre el cuerpo como si estuviera interpretando un papel que ya no le
pertenece.
La gente le
dice “tú no sabes la suerte que tienes”, y él sonríe con esa habilidad
aprendida, la que cubre con elegancia una herida que no debe mostrarse. Tras
esos encuentros vuelve a casa sin prisas, despacio, dejando que el silencio le
limpie el ruido de las palabras vacías; llega, se quita los zapatos, y en la
soledad, se pregunta:
¿De verdad
saben quién soy? ¿O solo ven lo que quieren ver?
No los culpa; para muchos, él es la prueba de que la vida se puede abordar con actitud positiva; para otros, un ejemplo de reinvención; para algunos, un amigo que siempre escucha... y lo acepta con cariño, porque ama a la gente. Su entrega es real y su empatía profunda, pero también sabe que esa percepción pública se ha convertido en una especie de prisión: una prisión amable, luminosa, pero prisión, al fin y al cabo.
Sueña con
despertarse una mañana y no tener que ser nadie: ni empresario, ni
conferenciante, ni ejemplo de nada... Solo un hombre, solo él.
Pero al
despertar, lo espera su realidad, y en cada nuevo día se reanuda la
representación, la de un hombre visto desde el brillo, no desde la verdad.
Y la verdad,
por dentro, duele.
…..
Capítulo
3: Los proyectos y los naufragios.
Si algo lo
había definido siempre, era su capacidad para empezar de nuevo.
Con una
mente rápida, imaginación fértil y una voluntad incansable, percibía
oportunidades donde otros veían problemas; soñaba despierto y, lo más admirable
era que actuaba. Nunca fue de los que se quedaban en las ideas: las convertía
en proyectos, los proyectos en acciones, y las acciones en experiencias reales.
Cada vez que
algo fracasaba no se quedaba lamentando; volvía a levantarse, a pensar, a
crear, a confiar. “Esta vez sí”, se decía. Y lo creía, lo creía de verdad.
Durante
décadas su vida fue una sucesión de comienzos: empresas, asociaciones,
programas de radio, libros, conferencias, colaboraciones, iniciativas
culturales, educativas, sociales... Siempre había algo nuevo en marcha, siempre
estaba construyendo algo, y en cada proyecto ponía el alma. No trabajaba
por dinero, aunque lo necesitaba; trabajaba por sentido, creía en el valor de
dejar significado, de aportar, de sumar a la vida, pero, una y otra vez la vida
parecía devolverle silencio.
No era por
falta de talento, ni de esfuerzo, tampoco de buenas ideas; era como si un hilo
invisible se cortara justo cuando las cosas estaban a punto de funcionar.
Cuando parecía que todo encajaba, algo se torcía: una llamada que no llegaba,
una ayuda prometida que no se concretaba, un imprevisto que desbarataba los
planes... Y él volvía a empezar con la misma fe y confianza de siempre, aunque
cada vez con un poco menos de brillo en los ojos.
Los demás son conscientes de sus proyectos, pero no de sus naufragios; ven los titulares, los aplausos, las fotografías, pero no las noches sin dormir, las veces que tuvo que elegir entre pagar la luz o la gasolina para llegar a impartir una conferencia. Ven el resultado, no el precio.
Él sabe lo
que es ilusionar a otros con una idea y comprobar cómo se alejan cuando el
viento deja de soplar a favor; conoce lo que es poner el alma en un proyecto y
quedarse solo al final, recogiendo los trozos con la dignidad de quien no culpa
a nadie. Está acostumbrado a escuchar: “Eres un visionario, lo tuyo es
admirable”, y responder con un “gracias” que en realidad quiere decir “si
supieras…”.
Incluso,
intenta entender la vida desde la filosofía y la psicología, desde la fe, la
resiliencia y el sentido; escribe sobre esperanza y actitud; sobre creer… y lo
creía, pero ahora, frente al espejo del tiempo, siente que hay algo que no
consigue explicar ni siquiera a sí mismo:
¿Por qué, si
su intención siempre fue buena, la vida se resiste a su paso?... ¿Para qué?
No lo dice
en tono de reproche, sino de desconcierto; no pide fortuna, ni fama, ni
privilegios, solo un poco de estabilidad, un respiro, un descanso... Pero el
descanso nunca llega.
A veces
piensa que la vida lo ha elegido como ejemplo, pero no de éxito... de
resistencia; como si su papel fuera mostrar que se puede seguir caminando
incluso sin recompensa, y aunque admira esa idea, lo lastima, porque él
también es humano, y los humanos, por más filosofía que aprendan, también
se cansan.
En los
últimos años empezó a sentir que su tiempo se consumía; no el de vivir, sino el
de insistir. Había visto su historia repetirse tantas veces, con diferentes
nombres y escenarios, que ya podía adivinar el desenlace; era como ver una
película que ya conocía de memoria, pero que aun así volvía a doler.
Y una tarde,
mientras repasaba sus papeles en silencio, comprendió que lo que más lo
desgastaba no era el fracaso, sino la esperanza: esa esperanza terca que lo
mantenía en pie, pero que a la vez le robaba la paz.
Porque cada
nuevo comienzo implicaba una promesa, y cada promesa incumplida, una
pequeña muerte.
…..
Capítulo 4: La doble vida.
Es capaz de
grabar un programa de radio lleno de humor y optimismo el mismo día que no
tiene dinero para llenar el depósito de su moto; puede dar una conferencia
sobre resiliencia mientras su propia confianza se resquebraja, o hablar de
actitud positiva y esperanza con la voz temblándole por dentro mientras la
gente aplaude su mensaje.
Lo miran y
dicen que es ejemplo de fortaleza, y él esboza una mueca contenida, con el
alma hecha jirones. Por dentro, empieza a apagarse, y siente una mezcla de
tristeza, vergüenza y cansancio que no sabe a quién confesar.
Sus hijos lo
admiran, y él los mira con orgullo y ternura, pero también son uno de los
motivos de su miedo; no quiere que un día piensen que aquel hombre que los
alentó a creer en la vida había dejado de creer en la suya, así que
seguía navegando, inventando, emprendiendo, soñando.
Cuando
regresa a casa después de una charla o un evento el contraste lo golpea como
una ola fría: los pagos por afrontar, la nevera casi vacía, el alquiler a punto
de vencer... Es como si viviera dos vidas paralelas: una luminosa, pública,
llena de reconocimiento, y otra, silenciosa, privada, donde la dignidad se
mantiene a base de fe y contención.
A menudo, en
mitad de la noche se levanta sin hacer ruido, camina hasta el salón y se sienta
frente a la ventana. Desde allí mira la calle en silencio, viendo pasar los
coches, las luces, las sombras, y se pregunta: ¿Cuánto tiempo más puedo
seguir así? No hay respuesta, solo el eco del silencio y el sonido lejano de
una ciudad que sigue su curso ajena a su cansancio.
Lo más duro
no es la falta de dinero, es la sensación de estar atrapado en un personaje que
ya no puede abandonar ni soportar.
Así que
sigue actuando. Una función más, una sonrisa más, un día más.
…..
Capítulo 5: El cansancio que no se nota.
El cuerpo
tiene su propio lenguaje, aunque uno aprenda a callarlo. Él lo sabe, lleva años
sintiendo señales: una presión en el pecho al despertar, pesadez en los
hombros, un temblor leve en las manos, un decaimiento que no se va con el
descanso. No es fatiga física, es algo más profundo: el alma pidiendo tregua.
Ha vivido
tanto tiempo en modo resistencia que ya no distingue entre fortaleza y
agotamiento; su mente funciona como un motor que no puede apagarse; aunque
quisiera detenerla, sigue girando, buscando salidas, ideando proyectos,
imaginando soluciones; es su naturaleza, pero también su condena.
Por fuera, todo parece igual: el hombre activo, el profesional entusiasta, el amigo siempre dispuesto, pero por dentro, algo se está despidiendo lentamente; no es tristeza exactamente, sino una especie de desilusión vital y existencial; una sensación de haber hecho todo lo que estaba en sus manos y que, aun así, la vida no había querido corresponderle.
Ha aprendido
a ocultar el hastío como quien esconde una cicatriz, y, sabe cuándo bromear y
cuándo mirar con firmeza. Le cuesta concentrarse, dormir, incluso disfrutar, y
la ilusión ya no se presenta con la misma la facilidad; lo que antes le
apasionaba ahora lo deja indiferente... Ya no sueña con ganar, sino con
descansar.
Su esposa lo
nota: en sus gestos, en su humor, en su silencio más largo, en la mirada que se
pierde sin rumbo; ella no dice nada, pero cada noche le acaricia la mano antes
de dormir como si quisiera recordarle que sigue ahí, que no tiene que ser
fuerte todo el tiempo... pero él no sabe cómo no serlo.
Algunas
veces se observa desde fuera como un espectador de su propia vida; se ve
hablando en público, animando a otros, dando consejos, grabando entrevistas… y
piensa: "Ese hombre soy yo, pero ya no soy yo".
Y lo peor es
que nadie se da cuenta del desgaste detrás de su "agridulce alegría",
ni imagina que ya no encuentra apenas razones para creer. Ha aprendido a
disimular con maestría, y esa maestría lo está consumiendo.
Una noche,
mientras revisaba los desastrosos números de su economía, sintió una calma
extraña; no era miedo, era aceptación... como si por fin hubiera dejado de
luchar contra lo inevitable.
Estoy
cansado, susurró; no como quien se queja, sino como quien constata un hecho
-estaba cansado de resistir, de aparentar, de aguantar una vida que parecía no
querer aceptarlo-
Y fue esa
noche, en ese silencio absoluto, cuando tomó la decisión que cambiaría todo:
no para rendirse, sino para entregarse por completo a otra oportunidad;
para intentarlo con toda el alma, sin miedos, sin excusas, sin esperar
milagros, y, si al final nada cambiaba… entonces, simplemente descansaría,
y volvería al origen.
…..
Capítulo 6: El pacto consigo mismo.
Aquella
noche no durmió.
Por primera vez en mucho tiempo no sentía que el cansancio lo venciera: sentía
que lo comprendía.
Había
llegado a un punto donde ya no podía seguir engañándose; llevaba demasiado
tiempo aplazando conversaciones consigo mismo, escondiendo bajo la esperanza lo
que en realidad era desgaste, y en ese instante, con la casa en silencio,
tomó la decisión que le daría sentido a los días que le quedaran.
No era una
decisión dramática, ni impulsiva, era casi lógica, fría, tranquila: vivir con
la intensidad de quien ya no tiene nada que perder en esta vida y
quizás mucho que ganar en otra; para poner el alma sobre la mesa,
sin máscaras ni reproches...
No lo
planteó como un castigo, fue como un pacto; un pacto consigo mismo, como si por
fin la vida y él se sentaran frente a frente a negociar una tregua.
Era curioso:
al tomar esa decisión, no sintió miedo, sintió alivio, y por primera vez en
años dejaba de depender del “qué pasará”; sentía una energía nueva, un foco
desconocido; ya no actuaba por obligación ni por inercia, sino por elección, y,
cada cosa que hacía, cada palabra y decisión tenían la relevancia de lo
irrepetible.
Mientras
caminaba por la calle, con el sol rozándole el rostro, comprendió algo que lo
estremeció: su pacto era un acuerdo entre el hombre que había sido y el
que aún podía ser.
Tres meses para despedir una vida que duele. Si lograba sentir que la vida respondía, aunque fuera con un gesto pequeño, seguiría; si no, aceptaría su cambio en paz.
…..
Epílogo.
Esa
determinación no es únicamente una cuenta atrás hacia un final definitivo;
también abre la puerta a otra lectura más luminosa: la de un
hombre que, vacío de esperar lo que nunca llega, decide dejar de vivir
como vive para comenzar a existir de otra forma.
Esos tres meses se convierten en un "margen simbólico" para provocar una transformación profunda: abandonar la lucha constante por proyectos que nunca prosperan y reenfocar su existencia hacia una vida más coherente, más simple, más consciente y profunda.
El título de este "ensayo novelado" cobra así un significado más amplio: no es un hombre vacío por dentro, sino un hombre cansado de esperar una vida con la que no encaja; y en ese vacío descubre la fuerza de reinventarse.
Tres meses para volver a vivir... o no.
.........
Continuará...
PARTE II – El último intento.
- ¿Renace la ilusión?: ¿Crea un nuevo proyecto o idea. Siente una chispa, una posibilidad?
- El espejo final: se mira a sí mismo con ternura y comprensión, sin rencor.
- La aceptación o ¿Una nueva decisión? : ¿Se despide definitivamente o decide seguir mostrando una transformación interior?
- El relato ¿Finalizará en formato ensayo o como una novela?

