Cuando nuestras creencias nos limitan.
Hay algo que cada vez me llama más la atención cuando observo cómo nos relacionamos, cómo debatimos y, especialmente, cómo nos expresamos: la facilidad con la que confundimos tener una opinión con tener la verdad.
Todos necesitamos valores, principios, ideas y convicciones que nos ayuden a interpretar el mundo y a tomar decisiones. Las creencias forman parte de nuestra identidad y, sean religiosas, políticas, culturales, sociales, profesionales o simplemente personales, nos permiten construir nuestra propia forma de entender la vida. El problema aparece cuando dejamos de entenderlas como nuestro modo de interpretar la realidad y comenzamos a considerarlas "la única interpretación posible de esa realidad".
Ahí es donde, en mi opinión, empieza a perderse algo importante: la humildad.
Porque una cosa es decir "Pienso que...", "Yo lo veo de esta manera", "Esta es mi experiencia" o "Estas son mis convicciones", y otra muy diferente es situarnos, consciente o inconscientemente, en una especie de atalaya desde la que decidimos qué es verdad y qué no lo es.
Un ejemplo sencillo es, cuando alguien comparte un comentario en redes sociales o expresa su opinión en una conversación y, si coincide con nuestra forma de pensar, respondemos rápidamente: "Eso es verdad", "Así es", "Esa es la verdad".
¿Por qué no decir simplemente "Estoy de acuerdo contigo", "Comparto tu visión", "Lo veo desde una perspectiva muy parecida" o "Pienso de una manera similar"?
La diferencia puede parecer pequeña, pero detrás de las palabras hay una actitud muy distinta; en un caso hablamos desde nuestra propia experiencia y percepción, y en el otro parece que nos atribuimos la capacidad de determinar qué es verdad, como si nuestra coincidencia con una idea fuese suficiente para convertirla en una verdad universal.
Y aquí aparece uno de los grandes mecanismos que pueden estar condicionando nuestro modo de pensar sin que seamos plenamente conscientes de ello: el sesgo de confirmación.
El sesgo de confirmación es la tendencia que tenemos a buscar, seleccionar, interpretar y recordar aquella información que confirma las propias ideas, creencias y expectativas previas, sin embargo, tendemos a prestar menos atención, cuestionar con mayor severidad o incluso rechazar, aquello que las contradice.
Y esto tiene una consecuencia especialmente peligrosa: podemos estar convencidos de que ampliamos nuestro conocimiento cuando, en realidad, únicamente acumulamos argumentos que confirman lo que ya pensábamos.
Imaginemos que alguien cree firmemente que una determinada forma de entender la espiritualidad es la correcta. Comenzará, probablemente, a sentirse atraído por personas, libros, vídeos, maestros y experiencias que refuercen esa visión. Cuando encuentre un argumento que coincida con su pensamiento, lo incorporará con facilidad, pero si aparece otro que lo cuestione, seguramente busque rápidamente una explicación para descartarlo: "esa persona todavía no ha comprendido", "eso es porque no ha evolucionado lo suficiente", "esa no es la verdadera consciencia".
Y así, sin darse cuenta, puede terminar construyendo un sistema de pensamiento prácticamente impermeable a cualquier elemento que pueda cuestionarlo.
Lo mismo puede suceder en política, religión, educación, empresa, relaciones personales, nutrición, psicología, liderazgo o cualquier otro ámbito.
Y aquí se da una paradoja inquietante: cuanto más convencidos estamos de que nuestra visión es la correcta, menos necesidad sentimos de escuchar otras visiones, y cuanto menos escuchamos otras visiones, menos oportunidades tenemos de descubrir aquello que podría hacernos evolucionar.
El sesgo de confirmación no siempre funciona de una manera consciente, no funciona así, precisamente su peligro está en que puede actuar silenciosamente.
Por eso, desde mi perspectiva, el sesgo de confirmación puede convertirse en uno de los grandes obstáculos para el crecimiento personal y, especialmente, para ese desarrollo de la consciencia del que tanto hablamos actualmente.
Evolucionar consciencialmente no debería consistir únicamente en acumular conocimientos, asistir a cursos, practicar meditación, hacer retiros, leer libros, repetir determinadas frases o incorporar nuevos conceptos a nuestro vocabulario.
La consciencia también debería reflejarse en la capacidad para observarnos a nosotros mismos, detectar nuestras contradicciones, cuestionar certezas y reconocer las propias limitaciones.
Pero no solamente caen en "estas trampas" personas que no han iniciado ningún proceso de crecimiento personal, también, y quizás sea todavía más preocupante, atañe a personas que llevan años trabajando sobre sí mismas: profesionales del crecimiento personal, terapeutas de diferentes disciplinas, facilitadores de procesos de consciencia, coaches, formadores, líderes, maestros espirituales, instructores de yoga, meditación o artes marciales, personas vinculadas a la psicología, al bienestar, al desarrollo humano y, en general, personas que consideran que han alcanzado un determinado nivel de madurez, conocimiento o consciencia.
No estoy diciendo que esto les ocurra a todos; sería injusto y, además, contradictorio con lo que argumento..
Lo que señalo es que nadie está completamente libre de sus propios sesgos, de su ego, de sus mecanismos de defensa ni de sus contradicciones. Ni siquiera quienes trabajamos precisamente para ayudar a los demás a identificarlos.
De hecho, cuanto mayor es nuestra percepción de haber alcanzado un elevado nivel de consciencia, mayor debería ser nuestra vigilancia sobre nosotros mismos, porque existe un riesgo especialmente sutil: el ego espiritual.
El ego también puede disfrazarse de humildad.
El ego puede aprender el lenguaje de la consciencia, de la aceptación, de la energía, del desapego, de la compasión, de la espiritualidad o del crecimiento personal y utilizarlo para seguir haciendo exactamente lo mismo que hacía antes: colocarnos por encima de los demás.
Podemos llegar a pensar que hemos evolucionado más que quienes nos rodea; que vemos cosas que los demás todavía no son capaces de ver; que comprendemos verdades que otros aún no han descubierto; que nuestra forma de entender la consciencia es más elevada.
Y, sin darnos cuenta, lo que comenzó como un camino de crecimiento puede terminar convirtiéndose en una nuevo formato de superioridad. Y entonces aparece una responsabilidad todavía mayor: la coherencia entre lo que enseñamos y el modo en la que vivimos aquello que enseñamos.
Podemos hablar durante horas de humildad y responder con soberbia; enseñar empatía y mostrarnos incapaces de comprender a quien piensa diferente; hablar de aceptación y reaccionar con rechazo cuando alguien cuestiona nuestras ideas; podemos enseñar consciencia y comportarnos como si nuestra perspectiva fuese la única válida; predicar generosidad y actuar desde la necesidad de reconocimiento.
Podemos enseñar a los demás a gestionar su ego mientras nuestro propio ego se alimenta de que otros nos consideren maestros, referentes, gurús o personas especialmente evolucionadas.
La coherencia no consiste únicamente de lo que decimos. Se trata de lo que hacemos, de cómo respondemos cuando alguien discrepa, de cómo reaccionamos cuando nos cuestionan, cómo tratamos a quien sabe menos que nosotros, cómo nos comportamos cuando nadie nos está observando, cómo hablamos de quienes no comparten nuestras ideas, cómo aceptamos una crítica, cómo reconocemos un error, cómo utilizamos nuestra influencia.
Ahí es donde realmente podemos descubrir cuánto de aquello que predicamos forma parte de nosotros y cuánto simplemente forma parte de nuestro discurso.
Esto me recuerda otro concepto psicológico: la disonancia cognitiva.
Existe disonancia cognitiva cuando aparece una tensión entre lo que pensamos, lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos; cuando existe una contradicción entre la imagen de nosotros mismos y determinados comportamientos que no encajan con ella.
Una persona puede considerarse profundamente humilde y, sin embargo, responder habitualmente desde la superioridad; considerarse muy empática y, sin embargo, ridiculizar o descalificar a quien piensa diferente; definirse como una persona consciente y evolucionada y, al mismo tiempo, ser incapaz de reconocer sus propios sesgos.
Lo más interesante -y también lo más inquietante- es que probablemente ni siquiera sea consciente de esa contradicción.
Y entonces el mecanismo de defensa aparece para devolvernos la tranquilidad: justificamos nuestro comportamiento, reinterpretamos lo sucedido o encontramos argumentos que nos permitan seguir manteniendo la imagen que tenemos de nosotros mismos.
De nuevo, el sesgo de confirmación puede entrar en escena. Buscamos explicaciones que confirmen que somos humildes, empáticos, conscientes, evolucionados, y tal vez, dejamos fuera precisamente aquellas evidencias que podrían demostrarnos lo contrario.
Por eso, pienso que uno de los mayores ejercicios de consciencia que podemos realizar no consiste en mirar hacia fuera para descubrir cuánto necesitan evolucionar los demás. Consiste en mirar hacia dentro y preguntarnos:
¿Qué ocurre cuando alguien piensa diferente a mí?
¿Cómo reacciono cuando cuestionan aquello en lo que creo?
¿Soy capaz de escuchar una opinión contraria sin preparar inmediatamente mi respuesta?
¿Puedo reconocer algo valioso en el argumento de alguien con quien discrepo profundamente?
¿He cambiado alguna creencia importante a lo largo de los últimos años, o simplemente he aprendido a defender mejor las mismas creencias?
Esta última pregunta me parece especialmente poderosa, porque podemos confundir evolución con sofisticación.
Podemos haber aprendido un lenguaje más elaborado, disponer de más conocimientos, conocer nuevas técnicas y utilizar conceptos aparentemente muy profundos y, sin embargo, seguir reaccionando desde los mismos patrones de ego, orgullo, necesidad de tener razón o dificultad para aceptar al diferente.
Quizás la consciencia no se mida por la cantidad de personas que nos consideran maestros, sino por nuestra capacidad para seguir siendo aprendices.
No creo que la solución sea dejar de tener convicciones, todo lo contrario: necesitamos personas capaces de defender aquello en lo que creen, de comprometerse, de actuar y de asumir responsabilidades, pero podemos hacerlo desde otro lugar y decir: "esta es mi verdad", entendiendo que es nuestra percepción, experiencia y nivel actual de comprensión. Y añadir: "estoy dispuesto a escuchar la tuya".
No porque tengamos que aceptarla, ni porque todas las opiniones sean igualmente válidas, sino porque puede que haya algo en ella que todavía no hemos visto; porque quizás la persona que piensa diferente pueda enseñarnos algo; porque a lo mejor nuestro desacuerdo contenga una oportunidad de aprendizaje; porque, sencillamente, tal vez... estemos equivocados. Y reconocer esa posibilidad nos hace más humanos.
Por supuesto, yo tengo mis ideas, valores, principios y convicciones. Algunas de ellas las defenderé con firmeza, pero no quiero convertirlas en una fortaleza, desde la que mirar al mundo por encima de los demás. Prefiero que sean una brújula que me ayude a orientarme, pero que no me impida cambiar de rumbo cuando la vida, las personas, el conocimiento o mis propias experiencias me demuestren que existe un camino mejor.
Por eso acepto que sí, yo también soy así... pero así y ahora, dispuesto a cambiar con lo que aprenda en cada presente.
Puedo descubrir algo que me haga cambiar, y si ocurre, no sentiré que he perdido. Sentiré que he aprendido, porque el crecimiento personal no consiste en confirmar continuamente que estamos en lo cierto; consiste en tener el coraje de descubrir en qué estamos equivocados y reconocer que siempre habrá algo más que aprender, algo más que comprender y algo más que transformar en nosotros mismos.
No se trata de tener la razón, se trata de no permitir que nuestra necesidad de tenerla nos impida seguir creciendo, porque nuestras creencias pueden ser una brújula, pero cuando creemos que nuestra brújula es la única que puede orientar a los demás se convierte en una JAULA y, probablemente, haya llegado el momento de detenernos, mirar hacia dentro y preguntarnos:
¿Estoy realmente creciendo o simplemente aprendiendo a confirmar mejor lo que ya creo?
Y yo, ¿desde dónde escribo todo esto?
Seguramente alguien se pregunte desde qué lugar escribo todo lo anterior y, me apetece aclararlo, precisamente para no caer en aquello que estoy cuestionando.
No escribo desde la convicción de haber alcanzado un determinado nivel de consciencia, ni con la intención de decirles a los demás cómo deben pensar o cómo deberían comportarse. Tampoco pretendo presentarme como un maestro de nada ni como alguien que ha conseguido liberarse de sus propios egos, sesgos, contradicciones o limitaciones.
No. También estoy en el camino.
Todo lo que he escrito me sirve, en primer lugar, como referencia para mí mismo. Son reflexiones que me ayudan a observarme, a cuestionarme y a intentar llevar a mi propia vida aquello que considero valioso. Intento aplicarlo en mi forma de pensar, de relacionarme, de escuchar, de responder y también en el modo en el que me relaciono conmigo mismo, aunque sería absurdo afirmar que lo consigo siempre.
Tengo mis sesgos, mis contradicciones, momentos de ego, prejuicios, mis reacciones impulsivas y propias limitaciones. Algunas las identifico con facilidad y otras probablemente todavía no soy capaz de verlas.
Lo que sí creo que he aprendido con el paso de los años es a observarme un poco más, a cuestionar algunas de mis certezas, a reconocer que puedo equivocarme y a intentar no confundir mis convicciones con verdades absolutas.
Y eso es lo que pretendo compartir aquí. No estoy diciendo: "Esto es así y deberíais aprenderlo".
Estoy diciendo: "Esto es lo que pienso, lo que observo y lo que estoy intentando comprender y aplicar en mi propio camino... y lo comparto con vosotros".
Si escribiera desde la creencia de que ya he alcanzado ese nivel de consciencia que cuestiono, estaría cayendo precisamente en la contradicción que planteo.
Me interesa mirar estos comportamientos en los demás, pero también, reconocerlos cuando aparecen en mí, porque resulta relativamente fácil detectar el ego ajeno y bastante más difícil reconocer el propio; es sencillo hablar de humildad mientras juzgamos la falta de humildad de otros; es fácil señalar las contradicciones de los demás y bastante más incómodo revisar las nuestras.
Por eso, todo lo que he escrito también es una invitación que me hago a mí mismo a: escuchar más, juzgar menos, cuestionar mis certezas, aceptar otras perspectivas, reconocer mis errores, mantener abierta la curiosidad, seguir aprendiendo, continuar creciendo y evolucionando.
Y, sobre todo, a intentar que exista la mayor coherencia posible entre lo que pienso, lo que digo y la manera en la que vivo.
No siempre lo conseguiré, pero quiero seguir intentándolo, porque no pretendo tener la verdad. Solo quiero compartir mi mirada.
Una mirada que, como yo mismo, está en construcción, y a lo mejor, mañana vea algunas de estas cosas de otra forma. Si es así, espero tener la humildad suficiente para reconocerlo, porque también eso forma parte del camino.
Del mío. Y del de todos.
Gracias por estar ahí.
Saludos de Peri, Javier Periáñez.
"CapitánPeri"
"Que los buenos vientos y las mejores personas te acompañen".
............
Peri
Javier Periáñez.
| Conferenciante (Grupo Planeta) | Impulso el Liderazgo Humanista y la Mentalidad de Éxito Consciente | CEO de UniverTi | Escritor de los libros: "Lánzate a la Vida"; "La vida y Tú"; "Humanos"; "10 conceptos para emprender cualquier actividad" ; "Liderazgo Humanista y Mentalidad de Éxito Consciente" | Presidente de la Asociación Internacional EmprendiTud: Valores, Talento y Actitud Emprendedora |

