Hablamos de amor como si fuera únicamente un sentimiento, y de humor como si se tratara simplemente de una forma divertida de afrontar determinadas situaciones, pero si nos detenemos un instante y profundizamos, descubriremos que ambos conceptos encierran mucho más: son dos extraordinarias maneras de relacionarnos con la vida, dos actitudes que, cuando se viven desde la consciencia, pueden transformar nuestra forma de mirar, de sentir, de pensar, de relacionarnos y, en definitiva, de vivir.
Amar es reconocer el valor de la vida, de los demás y de nosotros mismos; tener humor es aprender a no tomarnos la vida tan en serio como para olvidarnos de vivirla.
El amor es, probablemente, una de las fuerzas más poderosas de las que disponemos, pero no hablo únicamente del amor de pareja, del amor familiar o del amor hacia nuestros amigos; hablo de algo más amplio, de una forma de estar en el mundo.
Amar es cuidar, escuchar, comprender, respetar, acompañar; es aceptar que el otro puede pensar, sentir o vivir de un modo diferente al nuestro sin que por ello deje de merecer nuestro respeto, y también es aprender a querernos, porque resulta difícil construir relaciones saludables con los demás cuando nuestra relación con nosotros mismos está permanentemente marcada por la exigencia, el juicio o el rechazo.
Amarnos no significa considerarnos perfectos, significa reconocernos humanos, con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, con aciertos y errores, con aquello que hemos conseguido y con lo que todavía estamos aprendiendo.
Y entonces aparece el humor.
El humor tiene una capacidad maravillosa para cambiar nuestra perspectiva. Hay situaciones que no podemos cambiar, pero sí podemos elegir la forma de afrontarlas, y ahí el humor se convierte en una herramienta de enorme valor; no para negar el dolor, no para banalizar el sufrimiento y tampoco para reírnos de todo, sino para evitar que aquello que nos ocurre termine convirtiéndose en una carga imposible de llevar.
El humor introduce oxígeno allí donde la preocupación empieza a asfixiarnos, nos ayuda a tomar distancia y a relativizar.
Cuando amor y humor se encuentran aparece algo muy poderoso: la capacidad de vivir con ligereza sin perder profundidad. El amor nos conecta y el humor nos libera; el amor nos acerca al otro y el humor derriba muchas de las barreras que levantamos entre nosotros; el amor nos hace más empáticos y el humor nos recuerda que todos somos humanos.
El humor compartido crea complicidad, genera confianza, humaniza las relaciones y abre puertas; nos recuerda que detrás de cada cargo, cada profesión, responsabilidad, título y posición social hay, sencillamente, una persona, alguien que también tiene miedos, que también se equivoca y que necesita sentirse escuchado, reconocido y valorado.
Soltar y sostener: dos expresiones diferentes del amor.
Hablamos mucho de aprender a soltar, y es necesario. Soltar puede ser un acto de amor y de libertad; decidir despedir, sin orgullo, sin rencor y sin remordimiento, aquello que nos limita, nos ata, nos reprime o nos hace daño es una de las decisiones más sanas y valientes, pero nos hemos acostumbrado tanto a hablar de soltar que hemos olvidado la importancia de sostener.
Porque no todo lo que pesa debe soltarse, hay cosas que merecen ser sostenidas; personas que hemos de acompañar, relaciones que precisan ser cuidadas, proyectos que requieren perseverancia, sueños que necesitan paciencia...
Soltar es liberar; sostener es nutrir.
Ambas acciones son actos profundos de amor, pero demandan decisiones diferentes: soltar exige libertad para dejar ir; sostener requiere compromiso para permanecer.
Sostener a quien nos necesita y nunca nos soltó; sostener aquello que nos potencia, nos enriquece y contribuye a nuestro crecimiento; sostener con coraje cuando aparecen el cansancio, la duda o el miedo, porque hay una diferencia enorme entre abandonar algo porque ya no nos aporta y abandonarlo simplemente porque ha dejado de ser fácil.
La Gratitud.
Hay otra palabra que aparece inevitablemente cuando hablamos de amor y humor: gratitud.
La gratitud nos permite vivir desde la abundancia y no desde la carencia, la queja y el victimismo. En lugar de preguntarnos constantemente ¿qué me falta?, podemos preguntarnos ¿qué tengo que todavía no he aprendido a valorar?. Ese pequeño cambio de mirada puede transformar nuestra manera de vivir.
Quien aprende a mirar la vida desde el amor empieza también a descubrir todo aquello que merece ser agradecido, y quien desarrolla sentido del humor aprende a disfrutar más de lo cotidiano.
La gratitud no consiste en conformarse, ni significa dejar de querer crecer, mejorar o alcanzar nuevas metas; al contrario, podemos querer más y, al mismo tiempo, agradecer lo que tenemos; aspirar a mejorar sin despreciar nuestro presente, y tener sueños pendientes sin dejar de valorar los caminos ya recorridos.
No todo lo que hacemos en nombre del amor es amor. A veces confundimos amar con poseer, cuidar con controlar, proteger con limitar o acompañar con decidir por el otro; la consciencia introduce aquí una diferencia fundamental, porque nos ayuda a preguntarnos desde dónde estamos amando: ¿desde la libertad o desde el miedo?, ¿desde la confianza o desde la necesidad?, ¿desde el respeto o desde el control?, ¿desde la generosidad o desde la expectativa de recibir algo a cambio?
Amar conscientemente significa comprender que querer a alguien no nos convierte en dueños de su vida; significa acompañar sin invadir, estar sin imponer, dar sin exigir y comprender que, en ocasiones, la mejor manera de amar también consiste en saber dejar espacio.
Tampoco todo vale en nombre del humor. Podemos hacer reír sin herir, utilizar la ironía sin humillar y divertirnos sin convertir al otro en objeto de nuestra diversión; ahí aparece nuevamente la consciencia y la empatía.
Cuando el humor se construye sobre el respeto, une; cuando se construye sobre la humillación, separa; el sentido del humor es mucho más que una cualidad social, también es una manifestación de inteligencia emocional.
Espíritu de superación.
La vida no siempre nos lo pone fácil; habrá momentos de incertidumbre, pérdidas, fracasos, cambios que no hemos elegido, puertas que se cierran, proyectos que no salen como esperábamos y personas que se marchan, momentos en los que necesitaremos mucho más que una actitud positiva, necesitaremos fortaleza.
La fortaleza no significa ausencia de dolor, significa capacidad para atravesarlo, y ahí vuelven a encontrarse amor y humor: el amor nos recuerda que merece la pena seguir, el humor favorece a recuperar perspectiva, la gratitud nos ayuda a reconocer lo que permanece, la actitud positiva nos impulsa a buscar posibilidades y el espíritu de superación nos invita a volver a intentarlo.
No se trata de pensar que todo saldrá bien; se trata de creer que, ocurra lo que ocurra, podemos hacer algo con eso que nos ocurre. Ahí reside una de las expresiones más profundas de nuestra libertad.
Amar la vida también significa aceptarla.
Deseamos una vida sin dificultades, sin incertidumbres, sin pérdidas, sin errores, sin decepciones; pero esa vida no existe. La vida es contraste, es alegría y tristeza, éxito y fracaso, encuentro y despedida, seguridad e incertidumbre, y madurar consiste precisamente en aprender a abrazar esa totalidad.
Amar la vida también significa aceptar que todo forma parte de ella y, desde esa aceptación, elegir nuestra respuesta. Ahí nace la responsabilidad personal; no siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí trabajar para elegir cómo responder, y esa elección puede marcar una enorme diferencia.
Necesitamos profundidad para comprender la vida, pero también ligereza para disfrutarla; necesitamos responsabilidad, pero también espontaneidad; ambición, pero también gratitud; disciplina, pero también juego; pensamiento, pero también emoción; aprender, pero también desaprender; necesitamos saber hacia dónde vamos, pero también disfrutar del camino; saber soltar, pero también sostener; necesitamos amar y reír.
Corremos mucho, y a veces, es preciso detenernos, respirar, mirar, escuchar, agradecer, sonreír, soltar lo que ya no merece permanecer, sostener lo que aún necesita nuestro esfuerzo y recordar que la vida no es solamente aquello que conseguimos; la vida es lo que somos capaces de sentir, compartir, aprender, disfrutar y aportar mientras la estamos viviendo.
Ama profundamente, ríe sinceramente, agradece conscientemente, aprende a soltar y a sostener, porque hemos de procurar que, cuando llegue el momento de mirar atrás, podamos sentir que no nos limitamos a pasar por la vida, sino que realmente estuvimos presentes en ella.
Vivir no es simplemente estar, y si además, conseguimos hacerlo con una sonrisa, quizás hayamos descubierto una de las formas más hermosas de vivir: con amor, con humor, con consciencia, con gratitud, con propósito, sabiendo soltar y sostener y, sobre todo, con la valentía de seguir siendo nosotros mismos mientras nos convertimos, cada día, en una versión un poco más humana de quienes podemos llegar a ser.
Porque, también tenemos que aprender a poner cada cosa en su lugar, concediendo a cada experiencia, problema, éxito, fracaso, preocupación y a cada circunstancia el espacio que realmente le corresponde. Ni más... Ni menos.
TODO importa, pero NADA es tan importante como para concederle TODA la importancia.
Saludos de Peri, Javier Periáñez.
"CapitánPeri"
"Que los buenos vientos y las mejores personas te acompañen".
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Peri
Javier Periáñez.
| Conferenciante (Grupo Planeta) | Impulso el Liderazgo Humanista y la Mentalidad de Éxito Consciente | CEO de UniverTi | Escritor de los libros: "Lánzate a la Vida"; "La vida y Tú"; "Humanos"; "10 conceptos para emprender cualquier actividad" ; "Liderazgo Humanista y Mentalidad de Éxito Consciente" | Presidente de la Asociación Internacional EmprendiTud: Valores, Talento y Actitud Emprendedora |







