Amor y Humor: dos formas de abrazar la vida

 



Amor, humor y espíritu de superación. 

Hay palabras que, de tanto escucharlas, corren el riesgo de perder parte de su verdadero significado. Amor es una de ella y humor, otra. 

Hablamos de amor como si fuera únicamente un sentimiento, y de humor como si se tratara simplemente de una forma divertida de afrontar determinadas situaciones, pero si nos detenemos un instante y profundizamos, descubriremos que ambos conceptos encierran mucho más: son dos extraordinarias maneras de relacionarnos con la vida, dos actitudes que, cuando se viven desde la consciencia, pueden transformar nuestra forma de mirar, de sentir, de pensar, de relacionarnos y, en definitiva, de vivir.

Amar es reconocer el valor de la vida, de los demás y de nosotros mismos; tener humor es aprender a no tomarnos la vida tan en serio como para olvidarnos de vivirla.

El amor es, probablemente, una de las fuerzas más poderosas de las que disponemos, pero no hablo únicamente del amor de pareja, del amor familiar o del amor hacia nuestros amigos; hablo de algo más amplio, de una forma de estar en el mundo. 

Amar es cuidar, escuchar, comprender, respetar, acompañar; es aceptar que el otro puede pensar, sentir o vivir de un modo diferente al nuestro sin que por ello deje de merecer nuestro respeto, y también es aprender a querernos, porque resulta difícil construir relaciones saludables con los demás cuando nuestra relación con nosotros mismos está permanentemente marcada por la exigencia, el juicio o el rechazo.

Amarnos no significa considerarnos perfectos, significa reconocernos humanos, con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, con aciertos y errores, con aquello que hemos conseguido y con lo que todavía estamos aprendiendo. 

Y entonces aparece el humor.

El humor tiene una capacidad maravillosa para cambiar nuestra perspectiva. Hay situaciones que no podemos cambiar, pero sí podemos elegir la forma de afrontarlas, y ahí el humor se convierte en una herramienta de enorme valor; no para negar el dolor, no para banalizar el sufrimiento y tampoco para reírnos de todo, sino para evitar que aquello que nos ocurre termine convirtiéndose en una carga imposible de llevar.

El humor introduce oxígeno allí donde la preocupación empieza a asfixiarnos, nos ayuda a tomar distancia y a relativizar.

Cuando amor y humor se encuentran aparece algo muy poderoso: la capacidad de vivir con ligereza sin perder profundidad. El amor nos conecta y el humor nos libera; el amor nos acerca al otro y el humor derriba muchas de las barreras que levantamos entre nosotros; el amor nos hace más empáticos y el humor nos recuerda que todos somos humanos.

El humor compartido crea complicidad, genera confianza, humaniza las relaciones y abre puertas; nos recuerda que detrás de cada cargo, cada profesión, responsabilidad, título y posición social hay, sencillamente, una persona, alguien que también tiene miedos, que también se equivoca y que necesita sentirse escuchado, reconocido y valorado.

Soltar y sostener: dos expresiones diferentes del amor.

Hablamos mucho de aprender a soltar, y es necesario. Soltar puede ser un acto de amor y de libertad; decidir despedir, sin orgullo, sin rencor y sin remordimiento, aquello que nos limita, nos ata, nos reprime o nos hace daño es una de las decisiones más sanas y valientes, pero nos hemos acostumbrado tanto a hablar de soltar que hemos olvidado la importancia de sostener.

Porque no todo lo que pesa debe soltarse, hay cosas que merecen ser sostenidas; personas que hemos de acompañar, relaciones que precisan ser cuidadas, proyectos que requieren perseverancia, sueños que necesitan paciencia...

Soltar es liberar; sostener es nutrir.

Ambas acciones son actos profundos de amor, pero demandan decisiones diferentes: soltar exige libertad para dejar ir; sostener requiere compromiso para permanecer.

Sostener a quien nos necesita y nunca nos soltó; sostener aquello que nos potencia, nos enriquece y contribuye a nuestro crecimiento; sostener con coraje cuando aparecen el cansancio, la duda o el miedo, porque hay una diferencia enorme entre abandonar algo porque ya no nos aporta y abandonarlo simplemente porque ha dejado de ser fácil.

La Gratitud.

Hay otra palabra que aparece inevitablemente cuando hablamos de amor y humor: gratitud

La gratitud nos permite vivir desde la abundancia y no desde la carencia, la queja y el victimismo. En lugar de preguntarnos constantemente ¿qué me falta?, podemos preguntarnos ¿qué tengo que  todavía no he aprendido a valorar?. Ese pequeño cambio de mirada puede transformar nuestra manera de vivir.

Quien aprende a mirar la vida desde el amor empieza también a descubrir todo aquello que merece ser agradecido, y quien desarrolla sentido del humor aprende a disfrutar más de lo cotidiano.

La gratitud no consiste en conformarse, ni significa dejar de querer crecer, mejorar o alcanzar nuevas metas; al contrario, podemos querer más y, al mismo tiempo, agradecer lo que tenemos; aspirar a mejorar sin despreciar nuestro presente, y tener sueños pendientes sin dejar de valorar los caminos ya recorridos.

No todo lo que hacemos en nombre del amor es amor. A veces confundimos amar con poseer, cuidar con controlar, proteger con limitar o acompañar con decidir por el otro; la consciencia introduce aquí una diferencia fundamental, porque nos ayuda a preguntarnos desde dónde estamos amando: ¿desde la libertad o desde el miedo?, ¿desde la confianza o desde la necesidad?, ¿desde el respeto o desde el control?, ¿desde la generosidad o desde la expectativa de recibir algo a cambio?

Amar conscientemente significa comprender que querer a alguien no nos convierte en dueños de su vida; significa acompañar sin invadir, estar sin imponer, dar sin exigir y comprender que, en ocasiones, la mejor manera de amar también consiste en saber dejar espacio.

Tampoco todo vale en nombre del humor. Podemos hacer reír sin herir, utilizar la ironía sin humillar y divertirnos sin convertir al otro en objeto de nuestra diversión; ahí aparece nuevamente la consciencia y la empatía.

Cuando el humor se construye sobre el respeto, une; cuando se construye sobre la humillación, separa; el sentido del humor es mucho más que una cualidad social, también es una manifestación de inteligencia emocional.

Espíritu de superación. 

La vida no siempre nos lo pone fácil; habrá momentos de incertidumbre, pérdidas, fracasos, cambios que no hemos elegido, puertas que se cierran, proyectos que no salen como esperábamos y personas que se marchan, momentos en los que necesitaremos mucho más que una actitud positiva, necesitaremos fortaleza.

La fortaleza no significa ausencia de dolor, significa capacidad para atravesarlo, y ahí vuelven a encontrarse amor y humor: el amor nos recuerda que merece la pena seguir, el humor favorece a recuperar perspectiva, la gratitud nos ayuda a reconocer lo que permanece, la actitud positiva nos impulsa a buscar posibilidades y el espíritu de superación nos invita a volver a intentarlo.

No se trata de pensar que todo saldrá bien; se trata de creer que, ocurra lo que ocurra, podemos hacer algo con eso que nos ocurre. Ahí reside una de las expresiones más profundas de nuestra libertad.

Amar la vida también significa aceptarla.

Deseamos una vida sin dificultades, sin incertidumbres, sin pérdidas, sin errores, sin decepciones; pero esa vida no existe. La vida es contraste, es alegría y tristeza, éxito y fracaso, encuentro y despedida, seguridad e incertidumbre, y madurar consiste precisamente en aprender a abrazar esa totalidad.

Amar la vida también significa aceptar que todo forma parte de ella y, desde esa aceptación, elegir nuestra respuesta. Ahí nace la responsabilidad personal; no siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí trabajar para elegir cómo responder, y esa elección puede marcar una enorme diferencia.

Necesitamos profundidad para comprender la vida, pero también ligereza para disfrutarla; necesitamos responsabilidad, pero también espontaneidad; ambición, pero también gratitud; disciplina, pero también juego; pensamiento, pero también emoción; aprender, pero también desaprender; necesitamos saber hacia dónde vamos, pero también disfrutar del camino; saber soltar, pero también sostener; necesitamos amar y reír.

Corremos mucho, y a veces, es preciso detenernos, respirar, mirar, escuchar, agradecer, sonreír, soltar lo que ya no merece permanecer, sostener lo que aún necesita nuestro esfuerzo y recordar que la vida no es solamente aquello que conseguimos; la vida es lo que somos capaces de sentir, compartir, aprender, disfrutar y aportar mientras la estamos viviendo.

Ama profundamente, ríe sinceramente, agradece conscientemente, aprende a soltar y a sostener, porque hemos de procurar que, cuando llegue el momento de mirar atrás, podamos sentir que no nos limitamos a pasar por la vida, sino que realmente estuvimos presentes en ella.

Vivir no es simplemente estar, y si además, conseguimos hacerlo con una sonrisa, quizás hayamos descubierto una de las formas más hermosas de vivir: con amor, con humor, con consciencia, con gratitud, con propósito, sabiendo soltar y sostener y, sobre todo, con la valentía de seguir siendo nosotros mismos mientras nos convertimos, cada día, en una versión un poco más humana de quienes podemos llegar a ser.

Porque, también tenemos que aprender a poner cada cosa en su lugar, concediendo a cada experiencia, problema, éxito, fracaso, preocupación y a cada circunstancia el espacio que realmente le corresponde. Ni más... Ni menos.

TODO importa, pero NADA es tan importante como para concederle TODA la importancia.


Saludos de Peri, Javier Periáñez.

"CapitánPeri"

"Que los buenos vientos y las mejores personas te acompañen".

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Peri
Javier Periáñez.
| Conferenciante (Grupo Planeta) | Impulso el Liderazgo Humanista y la Mentalidad de Éxito Consciente | CEO de UniverTi | Escritor de los libros: "Lánzate a la Vida"; "La vida y Tú"; "Humanos"; "10 conceptos para emprender cualquier actividad" ; "Liderazgo Humanista y Mentalidad de Éxito Consciente" | Presidente de la Asociación Internacional EmprendiTud: Valores, Talento y Actitud Emprendedora |

La "JAULA" de nuestras CREENCIAS y el EGO de TENER RAZÓN.



Cuando nuestras creencias nos limitan.

Hay algo que cada vez me llama más la atención cuando observo cómo nos relacionamos, cómo debatimos y, especialmente, cómo nos expresamos: la facilidad con la que confundimos tener una opinión con tener la verdad.

Todos necesitamos valores, principios, ideas y convicciones que nos ayuden a interpretar el mundo y a tomar decisiones. Las creencias componen parte de nuestra identidad y, sean religiosas, políticas, culturales, sociales, profesionales o simplemente personales, nos permiten construir una forma particular de entender la vida. El problema aparece cuando comenzamos a considerarlas "la única interpretación posible de esa realidad".

Ahí es donde, en mi opinión, empieza a perderse algo importante: la humildad.

Porque una cosa es decir "Pienso que...", "Yo lo veo de esta manera", "Esta es mi experiencia" o "Estas son mis convicciones", y otra muy diferente es situarnos, consciente o inconscientemente, en una especie de atalaya desde la que decidimos qué es verdad y qué no lo es.

Un ejemplo sencillo es, cuando alguien comparte un comentario en redes sociales o expresa su opinión en una conversación y, si coincide con nuestra forma de pensar, respondemos rápidamente: "Eso es verdad", "Así es", "Esa es la verdad", "Tienes toda la razón".

¿Por qué no decir simplemente "Estoy de acuerdo contigo", "Comparto tu visión", "Lo veo desde una perspectiva muy parecida" o "Pienso de una manera similar"?

La diferencia puede parecer pequeña, pero detrás de las palabras hay una actitud muy distinta; en un caso hablamos desde la propia experiencia y percepción, y en el otro parece que nos atribuimos la capacidad de determinar qué es verdad, como si nuestra coincidencia con una idea fuese suficiente para convertirla en una verdad universal.

Y aquí aparece uno de los grandes mecanismos que pueden estar condicionando nuestros pensamientos sin que seamos plenamente conscientes de ello: el sesgo de confirmación.

El sesgo de confirmación es la tendencia que tenemos a buscar, seleccionar, interpretar y recordar información que confirma las propias ideas, creencias y expectativas previas, sin embargo, tendemos a prestar menos atención, cuestionar con mayor severidad o incluso rechazar, lo que las contradice.

Y esto tiene una consecuencia especialmente peligrosa: podemos estar convencidos de que ampliamos conocimientos cuando, posiblemente, solo acumulamos argumentos que confirman lo que ya pensábamos.

Imaginemos que alguien cree firmemente que una determinada forma de entender la espiritualidad es la correcta. Comenzará, probablemente, a sentirse atraído por personas, libros, vídeos, maestros y experiencias que refuercen esa visión. Cuando encuentre un argumento que coincida con su pensamiento lo incorporará con facilidad, pero si aparece otro que lo cuestione, seguramente busque rápidamente una explicación para descartarlo: "esa persona todavía no ha comprendido", "eso es porque no ha evolucionado lo suficiente", "esa no es la verdadera consciencia".

Así, sin darse cuenta, puede terminar construyendo un sistema de pensamiento prácticamente impermeable a cualquier elemento que pueda cuestionarlo.

Y aquí se da una paradoja inquietante: cuanto más convencidos estamos de que nuestra visión es la correcta, menos necesidad sentimos de escuchar otras visiones, y cuanto menos escuchamos otras visiones, menos oportunidades tenemos de descubrir aquello que podría hacernos evolucionar.

Lo mismo puede suceder en política, religión, educación, empresa, relaciones personales, psicología, liderazgo o cualquier otro ámbito.

Por eso, desde mi punto de vista, el sesgo de confirmación se convierte en uno de los grandes obstáculos para el crecimiento personal y, especialmente, para ese desarrollo de la consciencia del que tanto hablamos actualmente.

Evolucionar consciencialmente no consiste únicamente en acumular conocimientos, asistir a cursos, practicar meditación, hacer retiros, leer libros, repetir determinadas frases o incorporar nuevos conceptos a nuestro vocabulario.

La consciencia también debería reflejarse en la capacidad para observarnos a nosotros mismos, detectar nuestras contradicciones, cuestionar certezas y reconocer las propias limitaciones.

Pero no solamente caen en "estas trampas" quienes no han iniciado ningún proceso de crecimiento personal, también, y quizás sea más preocupante, atañe a personas que llevan años trabajando sobre sí mismas: consultores de crecimiento personal, terapeutas de diferentes disciplinas, facilitadores de procesos de consciencia, coaches, formadores, maestros y líderes espirituales, instructores de yoga, meditación o artes marciales, profesionales vinculados a la psicología, al bienestar, al desarrollo humano y, en general, personas que consideran que han alcanzado un determinado nivel de madurez, conocimiento o consciencia.

No estoy diciendo que esto les ocurra a todos; sería injusto y, además, contradictorio con lo que argumento. Lo que señalo es que nadie está completamente libre de sus sesgos, de su ego, de sus mecanismos de defensa ni de sus contradicciones; ni siquiera quienes trabajamos precisamente para ayudar a los demás a identificarlos.

De hecho, cuanto mayor es la percepción de haber alcanzado un elevado nivel de consciencia más deberíamos vigilarnos a nosotros mismos, porque existe un riesgo especialmente sutil: el ego espiritual.

El ego también puede disfrazarse de humildad.

El ego puede aprender el lenguaje de la consciencia, de la aceptación, de la energía, del desapego, de la compasión, de la espiritualidad o del crecimiento personal y utilizarlo para seguir haciendo exactamente lo mismo que hacía antes: colocarnos por encima de los demás, y hacernos pensar que hemos evolucionado más que quienes nos rodean; que somos capaces de comprender verdades que otros aún no han descubierto... y no ser conscientes de que, lo que comenzó como un camino de crecimiento podría terminar convirtiéndose en un nuevo formato de superioridad.

Entonces, aparece una responsabilidad todavía mayor: la coherencia entre lo que predicamos y el modo en el que vivimos.

La coherencia se refleja en: lo que decimos, cómo respondemos cuando alguien discrepa, cómo reaccionamos cuando nos cuestionan, cómo tratamos a quien sabe menos que nosotros, cómo nos comportamos cuando nadie nos está observando, cómo hablamos de quienes no comparten nuestras ideas, cómo aceptamos una crítica, cómo reconocemos un error, cómo utilizamos nuestra influencia.

Ahí es donde realmente descubrimos cuánto de lo que predicamos es inherente a nosotros y cuánto, simplemente, forma parte de nuestro discurso.

Esto me recuerda otro concepto psicológico: la disonancia cognitiva.

Existe disonancia cognitiva cuando aparece una tensión entre lo que pensamos, lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos; cuando existe una contradicción entre la imagen que tenemos de nosotros mismos y determinados comportamientos que no encajan con ella: cuando una persona, cualquiera de nosotros, habla durante horas de humildad, y responde con soberbia y superioridad; enseña empatía, y se muestra incapaz de comprender a quien piensa diferente e, incluso, lo ridiculiza y descalifica; habla de aceptación, y reacciona con rechazo si alguien cuestiona algo distinto; enseña consciencia, y se comporta como si su enfoque fuese el único válido...

Somos capaces de atrevernos a enseñar a los demás a gestionar su ego, mientras el nuestro se alimenta de que otros nos consideren maestros, referentes, o personas "especialmente evolucionadas".

Y, entonces, aparece el mecanismo de defensa para devolvernos la tranquilidad: justificamos nuestro comportamiento, reinterpretamos lo sucedido o encontramos argumentos que nos permiten seguir manteniendo la imagen que tenemos de nosotros mismos. De nuevo, el sesgo de confirmación entra en escena, y buscamos explicaciones que confirmen que somos humildes, empáticos, conscientes, evolucionados, y tal vez, dejamos fuera precisamente aquellas evidencias que demuestran lo contrario.

Por eso, pienso que uno de los mejores ejercicios de consciencia que hemos de realizar no consiste en mirar hacia fuera para descubrir cuánto necesitan evolucionar los demás. Se trata de mirar hacia dentro y preguntarnos:

¿Qué ocurre cuando alguien piensa diferente a mí?

¿Cómo reacciono cuando cuestionan aquello en lo que creo?

¿Soy capaz de escuchar una opinión contraria sin preparar inmediatamente mi respuesta?

¿Puedo reconocer algo valioso en el argumento de alguien con quien discrepo profundamente?

¿He cambiado alguna creencia importante a lo largo de los últimos años, o simplemente he aprendido a defender mejor las mismas creencias?

Esta última pregunta me parece especialmente poderosa, porque ayuda a no confundir evolución con sofisticación. Podemos haber aprendido un lenguaje más elaborado, disponer de más conocimientos, conocer nuevas técnicas y utilizar conceptos aparentemente muy profundos y, sin embargo, seguir reaccionando desde los mismos patrones de ego, orgullo, necesidad de tener razón o dificultad para aceptar a quienes piensan diferente.

La consciencia no se mide por la cantidad de personas que nos consideran maestros, sino por la capacidad para seguir siendo aprendices.

Pero no creo que la solución sea dejar de tener convicciones, todo lo contrario: necesitamos personas capaces de defender aquello en lo que creen, de comprometerse, de actuar y de asumir responsabilidades, aunque sería mejor hacerlo desde otra posición y decir: "esta es mi verdad", entendiendo que es nuestra percepción, experiencia y nivel actual de comprensión. Y añadir: "estoy dispuesto a escuchar la tuya".

No porque tengamos que aceptarla, ni porque todas las opiniones sean igualmente válidas, sino porque puede que haya algo en ella que todavía no hemos visto; porque quizás la persona que piensa diferente pueda enseñarnos algo; porque, a lo mejor, nuestro desacuerdo contenga una oportunidad de aprendizaje; porque, sencillamente, tal vez... estemos equivocados, y reconocer esa posibilidad nos hace más humanos.

Por supuesto, yo tengo mis ideas, valores, principios y convicciones. Algunas las defenderé con firmeza, pero no quiero convertirlas en una fortaleza desde la que mirar al mundo por encima de los demás. Prefiero que sean una brújula que me ayude a orientarme, y que no me impida modificar el rumbo cuando la vida, las personas, el conocimiento o mis experiencias me demuestren que existe un camino mejor o una forma diferente de caminar.

Por eso acepto que sí, yo también soy así... pero así, ahora y de momento, dispuesto a crecer con lo que aprenda en cada presente.

Puedo descubrir algo que me haga cambiar, y si ocurre, no sentiré que he perdido. Sentiré que he aprendido, porque el crecimiento personal no consiste en confirmar continuamente que estamos en lo cierto; consiste en tener el coraje de descubrir en qué estamos equivocados y reconocer que siempre habrá algo más que aprender, algo más que comprender y algo más que transformar en nosotros mismos.

No se trata de tener la razón, sino de no permitir que la necesidad de tenerla nos impida seguir creciendo, porque las creencias pueden ser una brújula, pero cuando creemos que nuestra brújula es la única que sirve para orientar, se convierte en una JAULA y, probablemente, haya llegado el momento de detenernos, mirar hacia dentro y preguntarnos:

¿Estoy realmente creciendo o simplemente aprendiendo a confirmar mejor lo que ya creo?


Y yo, ¿desde dónde escribo todo esto?


Seguramente alguien se pregunte desde qué prisma escribo todo lo anterior y, me apetece aclararlo, precisamente para no caer en aquello que estoy cuestionando.

No escribo desde la convicción de haber alcanzado un determinado nivel de consciencia, ni con la intención de decirles a los demás cómo deben pensar o deberían comportarse. Tampoco pretendo presentarme como un maestro de nada, ni como alguien que ha conseguido liberarse de sus egos, sesgos, contradicciones o limitaciones.

No. También estoy en el camino.

Todo lo que he escrito me sirve como referencia para mí mismo. Son reflexiones que me ayudan a observarme, a cuestionarme y a intentar llevar a mi vida aquello que considero valioso. Intento aplicarlo en mi forma de pensar, relacionarme, escuchar, responder, y también, en el modo en el que me relaciono conmigo, aunque sería absurdo afirmar que lo consigo siempre.

Tengo mis sesgos, contradicciones, momentos de ego, prejuicios, mis reacciones impulsivas y limitaciones. Algunas las identifico con facilidad y otras, indudablemente, todavía no soy capaz de verlas.

Lo que sí creo que he aprendido con el paso de los años es a observarme un poco más, a cuestionar algunas certezas, a reconocer que puedo equivocarme y a intentar no confundir mis convicciones con verdades absolutas. No estoy diciendo: "Esto es así y deberíais aprenderlo", digo: "esto es lo que pienso, lo que observo y lo que estoy intentando comprender y aplicar en mi "travesía de la vida"... y lo comparto con vosotros".

Me interesa mirar estos comportamientos en los demás, y asimismo reconocerlos cuando aparecen en mí, porque resulta relativamente fácil detectar el ego ajeno y bastante más difícil reconocer el propio; es sencillo hablar de humildad mientras juzgamos la falta de humildad de otros; es fácil señalar las contradicciones de los demás y bastante más incómodo revisar las nuestras.

Por eso, todo lo que he escrito es, igualmente, una invitación que me hago a mí mismo a: escuchar más, juzgar menos, cuestionar mis certezas, aceptar otras perspectivas, reconocer mis errores, mantener abierta la curiosidad, seguir aprendiendo, continuar creciendo y evolucionando, y, sobre todo, a intentar que exista la mayor coherencia posible entre lo que pienso, lo que digo y la manera en la que vivo.

No siempre lo conseguiré, pero quiero seguir intentándolo, porque no pretendo tener la verdad, solo compartir mi mirada, una mirada que, como yo mismo, está en construcción, y a lo mejor, mañana "mire" de un modo diferente. 

Si es así, espero tener la humildad suficiente para reconocerlo, porque también forma parte de la travesía y del camino.

Del mío y del de todos, ese camino que nos aleja de "La JAULA"... la que el ego construye en nuestra Mente.


Gracias por estar ahí.

Saludos de Peri, Javier Periáñez.

"CapitánPeri"

"Que los buenos vientos y las mejores personas te acompañen".

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Peri
Javier Periáñez.
| Conferenciante (Grupo Planeta) | Impulso el Liderazgo Humanista y la Mentalidad de Éxito Consciente | CEO de UniverTi | Escritor de los libros: "Lánzate a la Vida"; "La vida y Tú"; "Humanos"; "10 conceptos para emprender cualquier actividad" ; "Liderazgo Humanista y Mentalidad de Éxito Consciente" | Presidente de la Asociación Internacional EmprendiTud: Valores, Talento y Actitud Emprendedora |


Hay libros que se leen... y libros que te leen a ti.



Hay libros que se leen...
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Quiero compartir contigo algo muy especial para mí, un compañero de travesía, mi libro: "La vida y TÚ".

Durante más de cuarenta años he estudiado, investigado, aprendido y vivido experiencias relacionadas con el crecimiento personal, la psicología positiva, el liderazgo humanista, el autoconocimiento, la consciencia... y, sobre todo, con 𝐞𝐥 apasionante viaje de ser persona.

No escribí este libro para enseñar a nadie cómo vivir: pretende acompañarte mientras vives. Lo escribí para compartir experiencias, aprendizajes, reflexiones y vivencias con la esperanza de que alguna de ellas pudiera acompañar a otras personas en su propia travesía.

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- CapitánPeri -
"Que los buenos vientos y las mejores personas os acompañen".
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Peri
Javier Periáñez.
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La Mar de "apegos" y "egos"



La Mar de "apegos" y "egos".

A veces, el apego a lo que tenemos no nos deja obtener lo que deseamos, incluso, puede impedir que vivamos como quisiéramos.

El apego puede convertirse en una jaula invisible que dificulta avanzar hacia nuestras metas y deseos. Nos aferramos a lo conocido, a lo seguro, a lo que creemos que nos define o nos pertenece, pero este apego es un freno silencioso que no permite descubrir nuevas posibilidades y vivir con plenitud.

El apego a lo que tenemos no solo abarca posesiones materiales, también incluye rutinas, relaciones, creencias y una identidad que hemos construido por miedo a lo desconocido; también puede mantenernos en un estado de conformidad, aunque en el interior sintamos que hay algo más que queremos experimentar o alcanzar.

Por miedo al cambio nos asimos a lo que tenemos porque tememos perder lo conseguido, aunque eso no nos haga plenamente felices. Sin embargo, al soltar el apego, abrimos espacio para que entre lo nuevo, nos liberamos de cargas que ya no nos aportan valor, y permitimos que los deseos y necesidades se manifiesten con claridad.

Vivir como realmente queremos exige valentía para renunciar a lo que ya no nos sirve, aunque le hayamos dedicado mucho tiempo y energía. Soltar no significa perder; es ganar la oportunidad de ser quienes realmente deseamos ser y vivir con autenticidad.

Es una invitación a dejar de sobrevivir y empezar a vivir desde el corazón, con propósito y en libertad.

Cuando el ego impide que aceptemos y valoremos la experiencia, logros o buenas acciones de alguien, puede que la envidia esté acechando sutilmente desde el inconsciente. No permitamos que esto suceda, ya que seríamos aliados de nuestro propio daño.

Una de las trampas más frecuentes que nos tiende el ego es impedirnos valorar los méritos y virtudes de los demás. Cuando no somos capaces de aceptar las cualidades o logros ajenos, podemos caer, sin darnos cuenta, en el terreno de la envidia, una emoción que suele gestarse en el inconsciente y que en ocasiones disfrazamos con críticas, indiferencia o desdén.

El ego se alimenta de la comparación constante con los demás; del miedo a la insuficiencia; de la incapacidad de reconocer el mérito ajeno y celebrar los triunfos de otros como algo que enriquece al colectivo. Actúa, interpretando esos éxitos como amenazas personales, reflejando una total carencia de comprensión, empatía y amor.

Cuando permitimos que la envidia germine somos los primeros en sufrir, porque esta emoción consume energía, nubla el juicio y nos desconecta de las personas. Sin embargo, al aceptar y valorar los logros ajenos, fortalecemos la capacidad de amar, aprender y crecer.

En lugar de ser aliados del ego y del daño que este genera, elijamos serlo de la admiración y el reconocimiento. En cada éxito ajeno hay una oportunidad para aprender, inspirarnos y crecer. La luz de los demás no apaga la nuestra; al contrario, nos recuerda que el brillo es posible para todos y que la grandeza compartida es la verdadera riqueza.

El ego tiende a resistirse a cualquier amenaza que desestabilice la imagen que hemos construido de nosotros mismos, sin embargo, todo lo que nos rodea -desde la naturaleza hasta las relaciones humanas- está en perpetua transformación.

La vida no nos obliga a ser perfectos, nos pide estar dispuestos a aprender, a crecer, a mejorar. Cada paso en el camino hacia lo que aún no hemos llegado a Ser nos acerca a nuestra verdad, y conecta más profundamente con quienes comparten este viaje con nosotros.

Y tengamos la MAR de cuidado... con esas personas egocéntricas, ególatras, engreídas, dictatoriales, que necesitan constantemente protagonismo y reconocimiento; incapaces de valorar los logros y éxitos de los demás o de agradecer su colaboración... Su falta de empatía y necesidad de protagonismo generan tensiones innecesarias.

En mi opinión, no hemos de ir por la vida buscando el protagonismo, ni el reconocimiento ni el prestigio. Aportemos y compartamos lo que somos y hacemos, y ya los demás nos concederán, o no, esos atributos... seguramente por la forma de comportarnos y, sobre todo, por nuestro “hacer y ser”.

El protagonismo no se reclama, se gana; las personas realmente admiradas suelen serlo porque no lo buscan. Su autenticidad, humildad y generosidad hablan por sí mismas, y su valor está en el aporte, no en el aplauso, y lo que ofrecen con sinceridad y desde el corazón suele ser reconocido espontáneamente, aunque no siempre de inmediato.

Sin embargo, la búsqueda obsesiva de reconocimiento, nos convierte en esclavos de la opinión ajena. En lugar de disfrutar del "hacer por el placer de hacer" y del "ser por el gozo de ser”, nos enfocamos en resultados que no dependen de nosotros, como el prestigio o la admiración.

La grandeza se manifiesta en la humildad de quien comparte su luz sin intentar opacar la de los demás, así que, aportemos lo mejor de nosotros, con honestidad y coherencia, y dejemos que los demás decidan si eso merece reconocimiento.

Saludos de Cᴀᴘɪᴛᴀ́ɴPᴇʀɪ .

Javier Periáñez.
Conferenciante y Consultor | Desarrollo Personal y Profesional | Autor del libro "Lánzate a la Vida" | Conference Planeta (Grupo Planeta) 
| CEO de UniverTi Presidente de Asociación Internacional EmprendiTud:  Talento, Valores y Actitud Emprendedora Presidente de Honor de EMPREAN: Asociación de Emprendedores y Empresarios Andaluces | Líder Maestro Internacional en - Grow - Asociación Internacional de Liderazgo | Acompaño a personas y colaboro con organizaciones en su crecimiento 

"𝑄𝑢𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑏𝑢𝑒𝑛𝑜𝑠 𝑣𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑦 𝑙𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑗𝑜𝑟𝑒𝑠 𝑝𝑒𝑟𝑠𝑜𝑛𝑎𝑠 𝑜𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑒𝑛".


El Poder del Asociacionismo en el Comercio.



El Comercio ¡ Siempre a tu lado !

En un mundo cada vez más globalizado, donde las grandes cadenas y el comercio online ganan terreno, los comercios locales enfrentan retos que pueden resultar abrumadores. Sin embargo, el asociacionismo se presenta como una solución clave para fortalecer el comercio local, impulsando el crecimiento, la colaboración y la resiliencia, al mismo tiempo que permite la defensa de los intereses comunes frente a diversos desafíos.

¿Qué es el Asociacionismo Comercial?

El asociacionismo comercial es el proceso en el que los comerciantes de una misma zona o sector se agrupan para trabajar en conjunto con un fin común: mejorar la competitividad, fortalecer su presencia en el mercado y defender sus intereses frente a administraciones y otras instituciones. Pero el asociacionismo va mucho más allá de compartir recursos; es una mentalidad de éxito basada en la colaboración, el crecimiento conjunto y la creación de sinergias.

Claves y Beneficios del Asociacionismo para el Comercio.

1.- Fortalecimiento del poder de negociación.

Uno de los mayores beneficios del asociacionismo es la capacidad de negociación. Un solo comercio tiene un poder limitado para negociar con proveedores, entidades financieras o incluso con la administración pública. Sin embargo, cuando los comerciantes se unen en una asociación, su poder de negociación aumenta exponencialmente e incluso establecer alianzas estratégicas con proveedores que favorezcan a todos los miembros.

2.- Mayor visibilidad y aumento de clientes.

Un comercio independiente puede tener dificultades para destacar entre la competencia, especialmente si se enfrenta a grandes cadenas o plataformas de comercio online. El asociacionismo permite aumentar la visibilidad de los comercios locales a través de campañas de marketing, eventos conjuntos, promociones y una presencia más destacada en redes sociales. Los clientes que conocen y confían en una red de comercios son más propensos a recomendar esos establecimientos y fidelizarse con ellos.

3.- Fortalecimiento de la experiencia del cliente.

El asociacionismo mejora la experiencia del cliente, no solo por los beneficios directos que reciben, sino también porque una red de comercios comprometidos puede ofrecer una experiencia más rica y diversificada. Imagina un cliente que visita una calle donde cada comercio forma parte de una red de calidad, con una atención al cliente excepcional, productos únicos y una oferta coordinada. La experiencia de compra se vuelve más atractiva, coherente y completa.

4.- Defensa de intereses frente a instituciones.

Las asociaciones de comerciantes tienen un mayor poder de lobby y defensa ante la administración pública. Esto les permite negociar mejores condiciones fiscales, enfrentarse a normativas que puedan afectarles negativamente y defender sus derechos frente a posibles proyectos urbanísticos que no favorezcan su actividad. Cuando los comerciantes están unidos, su voz se escucha con más fuerza.

5.- Colaboración y apoyo mutuo.

El asociacionismo no solo se basa en la defensa de intereses, sino también en el apoyo mutuo entre los miembros de la asociación. Compartir experiencias y conocimientos entre los comerciantes permite que los menos experimentados se beneficien de la sabiduría de los más veteranos. Además, los comercios pueden intercambiar servicios, como marketing, diseño de escaparates o asesoramiento legal, sin necesidad de grandes inversiones.

6.- Mejora Continua y Formación.

El asociacionismo también facilita el acceso a programas de formación y desarrollo para los comercios y sus empleados. Formar a los equipos en aspectos como atención al cliente, marketing digital, gestión de inventarios o liderazgo permite mejorar la competitividad y adaptarse a las nuevas demandas del mercado. Los comercios que invierten en la formación continua son más propensos a innovar y mantenerse relevantes en un entorno cambiante.

7.- Resiliencia y adaptación ante crisis.

El comercio local debe ser capaz de adaptarse a cambios inesperados, como una crisis económica, sanitaria o cambios en el comportamiento del consumidor. En tiempos difíciles, el asociacionismo ofrece una gran capacidad de resiliencia.

El Asociacionismo como Motor de Innovación y Crecimiento Personal.

Además de los beneficios puramente económicos, el asociacionismo impulsa la mentalidad de éxito de los comercios. La actitud positiva, la cooperación y el trabajo en equipo son fundamentales para el crecimiento tanto personal como profesional. Las asociaciones no solo apoyan los negocios, sino que también crean un espacio para el desarrollo de habilidades empresariales y la cultura de la innovación.

Comercios con mentalidad de éxito se benefician enormemente del asociacionismo, ya que la colaboración abre la puerta a nuevas oportunidades. Los negocios que logran una sinergia efectiva son más resilientes, más creativos y, lo más importante, están mejor posicionados para prosperar frente a las adversidades.

La Fuerza del Asociacionismo en la Creación de un Ecosistema Comercial Sostenible.

Un comercio que actúa solo es vulnerable. Un comercio que está unido con otros, actúa como parte de un ecosistema sólido, capaz de defender su lugar en el mercado, adaptar sus estrategias a las necesidades de los consumidores y responder a los desafíos que surgen. El asociacionismo convierte a los pequeños comercios en actores poderosos que marcan la diferencia en su comunidad, fomentando una economía local robusta, sostenible y cooperativa.

Conclusión: El Futuro del Comercio Local está en la Colaboración.

El asociacionismo es mucho más que una tendencia; es una necesidad para los comercios que buscan crecer, prosperar y defender sus intereses.

En tiempos de competencia feroz y cambios constantes, los comercios unidos, con actitud positiva y mentalidad de éxito, tienen la clave para enfrentar el futuro con fuerza, creatividad y capacidad de adaptación.

Si eres comerciante, pregúntate: ¿Estás aprovechando todo el potencial que el asociacionismo puede ofrecer a tu negocio?

El futuro del comercio local está en el establecimiento de alianzas estratégicas y en la fuerza de la colaboración.

Saludos de Cᴀᴘɪᴛᴀ́ɴPᴇʀɪ .

Javier Periáñez.
Conferenciante y Consultor | Desarrollo Personal y Profesional | Autor del libro "Lánzate a la Vida" | Conference Planeta (Grupo Planeta) 
| CEO de UniverTi Presidente de Asociación Internacional EmprendiTud:  Talento, Valores y Actitud Emprendedora Presidente de Honor de EMPREAN: Asociación de Emprendedores y Empresarios Andaluces | Líder Maestro Internacional en - Grow - Asociación Internacional de Liderazgo | Acompaño a personas y colaboro con organizaciones en su crecimiento 

"𝑄𝑢𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑏𝑢𝑒𝑛𝑜𝑠 𝑣𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑦 𝑙𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑗𝑜𝑟𝑒𝑠 𝑝𝑒𝑟𝑠𝑜𝑛𝑎𝑠 𝑜𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑒𝑛".